Recuerdo perfectamente el momento de mi vida en el que empecé a ser feminista.
Era víctima de esa etapa extraña en la que no te sientes lo suficientemente valiente como para
declararte “adolescente” pero aún así repudias la palabra “preadolescente”, que te chirría como una
dura tiza en la pizarra, arañando con dolor, pues el término preadolescente siempre será algo
vergonzoso.
Tendría 13 años cuando estaba bajando una calle de Madrid, a la salida del colegio, con mis dos
amigas que eran también mis vecinas. Caminábamos (tal vez yo caminaba más sola de lo que
entonces reconocía, pues me recuerdo bastante abstraída) cuando de repente, éstas dos empezaron a
hablar de la lucha de las mujeres y la necesidad de radicalización. Yo aterricé en la conversación con
tropiezos, torpe, pero muy políticamente correcta. Dije: “Yo no soy feminista, pues no sé lo suficiente
del tema como para declararme tal”.
Mis amigas callaron; eso es lo que recuerdo.
El verano de ese mismo año, una de ellas, Marina, que tal vez era igual de ignorante que yo pero que
desde luego mostraba muchos más cojones, me mandó un manifiesto feminista que había encontrado
en Wattpad (sí, Wattpad. A veces hay que entendernos como hijos de nuestro tiempo). “Léetelo”, me
dijo. Y eso hice.
Ahí empezó mi primera fase feminista.
Durante esta etapa la idea es bastante clara. Hay una serie de principios que una aprende con 13, 14
años y por los que tristemente luchará toda la vida: Derecho universal al aborto, detención absoluta de
la violencia machista, denuncia del acoso, confianza en la víctima (“prefiero creer a una mentirosa
que a un violador”)… Normas que para mí, y espero que para ti también, querida lectora, son básicas
y claras. Como el agua.
Sin embargo, durante esta etapa de iniciación se empiezan a tejer las peligrosas redes de un monstruo
que vendrá a envenenarnos en los años posteriores, a pudrirnos poco a poco y a obligarnos matarnos
las unas a las otras: la validación masculina.
Que aguda y silenciosa que es. Qué dura.
Así, cuando tienes 16 años llega la gran paradoja feminista: Estás radicalmente en contra de la
prostitución, y aún así, te lías con un cualquiera a las once de la noche en un parque de tu ciudad,
porque bueno, ya tonteaste con él, y si no te sentirás culpable.
Por supuesto, la vuelta a casa te la haces llorando de todas formas; pues quién te quita el llanto, y
sobre todo la culpa, con 16 años.
Fueron momentos turbulentos, aunque ahora me hacen algo de gracia. Pienso en esos años de mi
adolescencia, ya propiamente dicha, los 15, 16,17, y me dan ganas de cruzarme la cara, de abrazarme
muy fuerte, de echarme a llorar conmigo misma y, finalmente, de aceptar que las cosas fueron como
tenían que ser. Porque siempre son como tienen que ser, ¿no? ¿O es que esa idea nos da calma?
El caso es que los años, efectivamente, pasaron. Tras tontas y feas relaciones, decepciones, encuentros
y desencuentros pero sobre todo, mucha terapia, me veo ahora parada en otro sitio, distinto.
Es en los primeros años de mi joven adultez que entro en lo que creo que es mi segunda ola feminista,
una donde la defensa de las mujeres empieza por la autorreflexión y el reposicionamiento. A fin de
cuentas, el buen trato.
No voy a mentir, este texto no viene a santo de nada; es consecuencia directa de dos fenómenos
importantísimos y trascendentales para cualquier veinteañera: Una película y una ruptura.
Empecemos por el principio.
Durante estas navidades vi La Furia, una película de Gemma Blasco.
La vi mal, confieso, tirada en la cama y con sueño, como siempre. Me gustó, me pareció fuerte y real.
Bruta y artística.
Sin embargo, no tan inolvidable.
Una vez más me veo discutiendo frente a mi yo del pasado. En este caso, no dudo de que mi presente
tiene toda la razón. Recientemente, volví a ver la película, pero en un cine y acompañada de mi amiga
Paula… Lo que dicen es cierto, los cines son magia: salí de la sala pensando que había recibido un
mensaje divino. Gemma me decía “Amiga, despierta. Esto no ha terminado”.
Fue como un renacer, un llamamiento a esa feminista enfadada que éramos todas con 14 años y que,
por alguna razón, perdimos por el camino.
Perdemos mucho por el camino, en realidad. Ir corriendo a recuperar eso que se nos cayó hace tantos
años también es crecer, pienso yo, por mucho que no huela a nuevo.
El cambio fue paradigmático. De repente, llevaba pegada a mis ojos la perspectiva de género, como
unas gafas nuevas. Empecé a examinar mi vida pensando en qué sería distinto si fuese un hombre. La
respuesta era simple: todo. Es lo que dijo Virginia Woolf: Si Shakespeare hubiese tenido una hermana
igual de talentosa, ésta nunca habría sido escritora. Habría sido, simplemente, una mujer.
Perspectiva de género.
Unos meses después de este punto de inflexión, llegó la segunda patada en el culo; lo dejé con mi
pareja, con quien había compartido dos bonitos años.
No quiero hablar mucho del tema, pues la herida es reciente. Además, hay cosas que una no le cuenta
a quien la lee, sino sólo a quien la escucha.
Diré una cosa, que está clara, y es que cuando te separas de tu pareja, te acercas más a tus amigas. Así,
en este clima de feminidad del que me he rodeado las últimas semanas, una idea ha brotado en todas
las conversaciones, ha revoloteado incesantemente: la diferencia entre la inteligencia emocional de los
hombres y las mujeres a los veinte años.
La teoría era la siguiente: somos mucho más exigentes emocionalmente con nuestras amigas que con
nuestros amigos. A las mujeres de nuestra vida les pedimos tiempo de calidad, empatía,
comunicación, correspondencia; cuando esto no se da como lo esperamos, lo exigimos. Nos exigimos.
Nos entrenamos.
A ellos creemos pedirles lo mismo, y tal vez lo hacemos, pero la diferencia es que cuando no se da,
cuando no te lo dan, no luchas por el cambio, no exiges lo que quieres, sino que aceptas la decepción
como norma. Pasas a pedir… ¿qué, exactamente? Ah, sí. Amigos que no nos interrumpan, que nos
respeten, que quedemos de vez en cuando, que no apoyen a la ultraderecha…
Finalmente, llegamos a los veinte años y tenemos nuestras primeras relaciones, adultas. Por primera
vez, exigimos a un hombre lo mismo que a nuestras amigas, pero la balanza está muy desequilibrada,
y no funciona.
Esa es la teoría.
Yo a veces estoy muy de acuerdo. Otras, pienso que es una simplificación que calma.
Ante la idea de que dejaste que tu amor se complique, que se mezcle con mucha mierda… Antes de
pensar que tú tampoco supiste gestionar tus emociones, que tampoco fuiste honesta… dices, “es un
hombre” y sigues con tu día.
No digo que no. Son hombres.
Pero todavía no sé muy bien lo que eso significa.
Durante el día estoy enfadada. Reivindicativa. Pienso y discuto. Analizo.
La noche es distinta. Lo imagino a él, tumbado junto a mi, abrazando mis brazos y cubriendo mi
cuerpo con sus piernas, con la idea de poder conciliar, un poco más rápido, el sueño.
Eso es lo que sé.